
Al intentar hacer el típico recuento de fin de año, me doy cuenta que este 2011 se asemeja, en mucho, a un túnel. Un túnel cuya negrura se extiende, interminable, a través de los días. Lo interesante de este lugar, me parece, es que tiene, y me aventuro a afirmarlo por la corriente que de pronto alborota mi cabello, unos pequeños agujeros que dejan entrar el aire. Muy poco, pero suficiente para andarlo de nuevo.
Tomo valor y avanzo.
Lo primero con lo que tropiezo es con los libros que me acompañaron. Son varios pero me concentro en cinco (no tengo demasiado tiempo y enero todavía está lejos):
1. “Testimonios sobre Mariana” y esa exquisita “Semana de colores”, ambos de Elena Garro. La descubrí este año, ¡apenas este año!, y me convertí en su fan. Y sí, son dos libros en un número uno, pero no puedo separarlos. Son Elena Garro. La Garro.
2. “Vivir la vida” de Sara Sefchovich. Escritora mexicana que te lleva de la mano y te permite observar cómo la vida, a veces, nos maneja a su antojo.
3. “La señorita Else” de Arthur Schnitzler. Libro muy esperado y recomendado. Novela del siglo XIX pero de una actualidad aplastante. Íntima. Caótica. Imprescindible.
4. “Pudor” de Santiago Rocagliolo. Novela de historias entremezcladas. Una novela en la que incluso un gato tiene voz.
5. “Intacto” de Eunice Mier. ¡Una primera novela! Una historia que te adentra en un mundo en el que tocar no significa nada. Donde no hay límites porque el dolor es secundario. Al menos el de la carne.
Dejo los libros en su lugar y camino hacia septiembre.
La luz que en ese mes se cuela por una de las paredes me recuerda que el esfuerzo se premia. Y lo agradezco.
Sigo mi camino.
Un poco más adelante, la negrura se ciñe y trae consigo la mayor enseñanza del año. La enseñanza más triste, alarmante, pero cierta, que he recibido: La maldad existe e intentará tocarte. Y pudrirte. Corroerte. Y hasta matarte, si te dejas.
Abandono esa oscuridad y sigo avanzando.
Casi al llegar a enero, la luz comienza a brotar desde el fondo mismo y crece, primero despacio, cubriendo sólo la orilla, para después abrazar enero, febrero, marzo, abril, mayo… hasta llegar a octubre, noviembre y, embriagante, explotar sobre diciembre.
Yo, que me encuentro detenida en junio, veo reflejada esa luz en mí pero apenas me acostumbro, ella se aleja. Y se comprime, y la veo adquirir la forma de cada una de las personas que este año han estado a mi lado. La forma de mi familia y mis amigos. De esos amigos que permanecieron y aquellos que llegaron. Los que se fueron y espero que algún día regresen. Todas esas personas contribuyeron a llenar de palabras y música este túnel que, aunque oscuro, tuvo una acústica perfecta.
Quisiera quedarme un poco más y gozar de la luz que ahora lo invade, pero la impaciencia es tanta que corro al encuentro de ese treinta y uno que me espera ya, al final. Corro para colocar la piedra que dejará almacenados los recuerdos. Corro porque no puedo esperar para gritarle a quien me escuche:
Si pudimos con el 11, ¡qué nos dura el 12!
¡¡Feliz Año Nuevo!!
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