lunes 20 de diciembre de 2010

Al que madruga…


Para R.Ch.,
acerca de cierta historia.


Estaciono el carro, veo mi reloj: 7:30 a.m. Justo a tiempo. Entro a la recepción de mi trabajo y me saluda la recepcionista. Le sonrío sin prisas, un poco de coqueteo no me viene mal para iniciar el día.

Antes de checar mi entrada, me desvío hacia la oficina de una compañera en donde acostumbro dejar mi lonchera. Veo la puerta cerrada. Pienso en un lugar para dejar mi comida en lo que ella llega. La oficina de sistemas me parece una buena opción: cerca de la de mi amiga y no muy lejos de la cafetería. Con toda seguridad para después del desayuno habrá llegado y, sin desviarme, puedo pasar a dejarla.

Llevo la lonchera a sistemas, hago el registro de mi entrada (lo que debería haber hecho desde que llegué), camino hacia mi oficina y empiezo a sentir una creciente comezón en mis piernas; una incomodidad proveniente de mis pantalones nuevos, no lavados. Había escuchado decir –no recuerdo cuándo, dónde ni a quién- que la ropa tiene apresto cuando es nueva. Recordarlo en este momento ya no es de ninguna utilidad, obviamente. Sigo mi camino. No falta mucho para llegar. Apresuro el paso.

Ya en mi oficina, enciendo la computadora, abro el correo y veo que sólo tengo una traducción que revisar. Traducción de alguien que no me cae del todo bien. Respiro y decido empezarla antes de tener que escuchar la voz del dueño preguntando por su documento. Pasan veinte minutos, suena el teléfono. Me llaman para ir a desayunar.

Rumbo al almuerzo, vuelvo a sentir la comezón. Ojalá no me hubiera puesto este pantalón. Ojalá no hubiera deseado con tanta desesperación estrenarlo.

Abro la puerta de la cafetería y me llega el olor a jamón, tocino y huevo revuelto. El lugar repleto, todos poniéndose al día. Ubico a mis compañeros y me siento a disfrutar de mi acostumbrado plato de avena instantánea con leche fría. Al terminar, decido ir a ver si mi amiga -aquella de la oficina cerrada- apareció.

Al llegar a su oficina, empujo la puerta con suavidad. Se abre. Observo el interior: no hay bolsas ni nada sobre el escritorio. Doy unos cuantos pasos, llego al librero y pongo mi lonchera sobre uno de los estantes. El instinto (o el visible orden) me dice que quizá mi amiga no vino a trabajar. Aún así, dejo la lonchera adentro y me salgo. Justo en el momento en que suelto la manija y la puerta se cierra, me da por cerciorarme de que no tenga llave. Regreso la mano hacia la manija y la giro: cerrado. Y mi lonche adentro. La idea de que mi amiga no vendrá empieza a rondarme nuevamente pero la ignoro. Camino a mi oficina. La incomodidad en mis piernas en lugar de disminuir va en aumento.

Llego a mi lugar. Al sentarme en mi escritorio la idea que había tomado forma durante todo el trayecto y que se niega a que lo ignore por más tiempo, revienta. Tomo el teléfono. Necesito que alguien me confirme la asistencia de mi compañera. Pregunto a la recepcionista y ésta, sin el menor titubeo, confirma mis temores: no ha llegado, ni lo hará.

Tomo verdadera conciencia de mi lonche atrapado. No me queda más remedio que contarle la historia y ver de qué manera puede ayudarme. Me escucha como si el asunto no fuera grave, dice que no hay problema, que en menos de lo que canta un gallo se comunica con los de mantenimiento para que abran.

Pasan cinco minutos, llama la recepcionista: la oficina está abierta. Camino de regreso hacia el otro extremo de la fábrica. De nuevo el ardor, la comezón. Esto debe ser una broma. Considero seriamente ir a casa a cambiarme. Trato de distraerme pensando en otras cosas. Es inútil. La molestia ya no sólo es en las piernas, ahora llega hasta cierta parte en la cual todo hombre desea tener espacio suficiente para ocultar sus pensamientos más obscenos. Encuentro la puerta ya abierta. Entro, tomo la lonchera, sin pensar demasiado voy y la aviento en la oficina de sistemas. Regreso a mi lugar.

La comezón me recorre la espalda, los hombros, la nuca. Si pudiera me desnudaría ahí mismo. Necesito tranquilizarme. Música, pienso, la música siempre ha servido para relajarme. Busco mi iPod. Cualquiera de las canciones que tengo servirá. Busco en mi lugar, en el escritorio de enfrente, en el archivero, en los cajones, hasta en el basurero: nada. Me viene a la mente la imagen nítida de mi iPod. De mi bálsamo colocado en una de las secciones de la lonchera. La lonchera que está en la oficina de sistemas, en el otro extremo de la fábrica. Necesito caminar todo el pasillo para llegar, caminar con la incomodidad, la comezón, las ganas de gritar...

6 comentarios:

incitatüs dijo...

Inicia como una broma, se torna pesadilla.
Las cosas más sublimes tienen su lado perverso.
¿Qué más perverso que la comezón que asecha una tranquila mañana?

Alisma dijo...

Nada más perverso que eso, mi querido incitatüs, nada más perverso.

Un abrazo,
Alisma ;)

Yolanda Cortez dijo...

Me gustó. Me quedé intrigada, 1) por el lonche y 2) si la comezó fue producto de una pulga jajajaj o de la tela. ¡Qué desesperación! ¡y en el trabajo! Que tengas bonitas fiestas Alisma. Un abrazo. Lo mejor para este año 2011 mucha imaginación, para seguir escribiendo y que todos lo que anhelas se consolide.

Alisma dijo...

¡Yolanda! ¡Hola! Ji, tengo entendido que, al final, fue la tela (pero ya no quise indagar demasiado ;P).

Un gusto verte de nuevo por estos lugares. ¡Feliz 2011!

Abrazos ;)

jaud dijo...

Alismaaaa!!!!! feliz añooooo!!!! me gusto mucho tu relato, es desesperante. Me alegro que hayas regresado por tu blog, y no solo en twitter seas muy buena. Una abrazo grande, y deseo lo mejor para ti y los tuyos este año nuevo.

Alisma dijo...

¡Hola,Jaud! ¿Cómo estás? Qué gusto "escucharte" por estos lugares.

¡Feliz feliz 2011!

Un abrazo hasta Venezuela :)