¿Destino?


"El destino es el que barajea las cartas, pero nosotros somos los que las jugamos"

William Shakespeare


El destino se define como una serie de sucesos que ocurren en diferente tiempo y espacio y que afectan los acontecimientos futuros.
Nada existe por casualidad.
Los griegos lo llamaban “Anagké” y para ellos era una fuerza superior no sólo a los hombres sino a los mismos dioses. Ese destino era salvaguardado por tres Morias (Cloto, Láquesis y Átropos), ellas se encargaban de que el destino de todos, deidades o no, se cumpliera; desde el nacimiento hilaban su vida y predecían su futuro. Esto en la mitología.
Pero, ¿el destino existe? ¿Debemos esperar que esa mano invisible nos lleve al final de cuento de hadas o de pesadilla en la calle del infierno?
¿Desde que nacemos tenemos marcado quién somos, a dónde iremos, a quién conoceremos, lo que haremos? Si es así, ¿para qué nos esforzamos si, a final de cuentas, nuestra vida está previamente marcada?
Existe una variante que tambalea ese orden preestablecido: la capacidad de decisión o el libre albedrío. Y ahí radica la parte interesante. En ese momento, el destino pierde su cualidad de irrevocable y se convierte en una posibilidad. Algo mucho más lógico.
Decidir a dónde vamos y lo que queremos es lo que marca nuestro camino. No es una circunstancia nefasta o predeterminada la que nos indica lo que somos y/o seremos.
Aún así, el destino brinda comodidad a muchos. Confiar en él deslinda de responsabilidades. Si nos equivocamos es porque así estaba marcado, así debía suceder. De cierta forma, y en algunos casos, impide el crecimiento y la madurez… o al menos, da una muy buena excusa.
Tal vez me equivoque, pero esta noche, el destino es una de esas cosas en las que se me dificulta creer.

Frases


"Su ceguera había sido tan absoluta que, con el paso del tiempo, sólo llegó a provocarle la risa muda de lo que ya no tiene remedio"

Cristina Rivera Garza, 1999.
Nadie me verá llorar

Fundamentos

Sonia entra al quirófano. Lo primero que percibe es la luz del lugar cayendo sobre su cuerpo. Una enfermera la toma de los brazos y le ayuda a acostarse sobre la helada plancha. Apenas hubo colocado su voluminoso cuerpo sobre ella, se le pide que junte los codos con sus rodillas hasta que alcance a adoptar una imposible posición fetal. Una vez acomodada, entra el anestesiólogo. Va a sentir una pequeña molestia, le advierte. Un segundo después, los dedos del doctor exploran su columna. Cierra los ojos. La aguja encuentra un perfecto escondite entre sus vértebras y un líquido frío empieza a trasladarse por su espalda. El dolor sobrepasa la pequeña molestia pero antes de que pueda acostumbrarse a él, desaparece.
Gira la cabeza y sus ojos se encuentran con el rostro de otra mujer que pasa en camilla frente a la puerta.
La mirada de Sonia regresa al quirófano y se concentra en la luz del techo. El espejo que enmarca la lámpara le permite ser testigo del ir y venir de los instrumentos y de los sistemáticos movimientos de los doctores.
Un incesante remolino de anhelos comienza a recorrerla; han sido demasiados los meses de espera. El anestesiólogo le indica que sentirá un ligero empujón en su vientre. Ella asiente y se prepara; aún con el cuerpo prácticamente insensible, advierte la presión de un par de manos sobre su abdomen. Una serie de apretones se producen. Finalmente, los movimientos cesan y se escucha un vigoroso llanto.
El anestesiólogo sale del quirófano de Sonia y entre al de Alma.
Ella se encuentra sobre la plancha; acaban de colocarla en posición fetal. El médico le dice que sentirá un ligero ardor en la espalda. Ella asiente y percibe un líquido glacial penetrar por cada rincón de su columna. La enfermera la toma por los hombros y la voltea. El doctor coloca una cortina que divide su cuerpo, alejando de su mirada todo aquello que sucede alrededor de su vientre.
Continuos temblores la sacuden. Escucha las indicaciones. Su atención está fija en el anestesiólogo que continúa a su lado; nota que le toma el brazo. Sentirá una presión en el abdomen, le explica. Antes de terminar de escuchar la frase, siente dos manos actuar de palanca sobre su cuerpo. La mano del médico la suelta y se dirige a inyectar un sedante en la aguja que le canaliza la vena.
El cuerpo de Alma se debilita. Los contornos a su alrededor empiezan a perder firmeza. Gira la cabeza y a su lado pasa un diminuto pedazo de ella misma, extinto. Un cuerpo que rodeado de silencio, permanece cubierto en una manta. Sus ojos se desvían hacia el techo y lo último que percibe es la luz del quirófano cayendo directa en su mirada.

¿Qué me tomo?


Y no hablo de bebidas estimulantes. Lo que me urge es un remedio contra el dolor de cabeza.
Aquí el desglose de mis síntomas:
1. Dolor de cabeza agudo
2. Estómago revuelto
3. Escalofríos
4. Y lo peor... ideas inexistentes
Al acostarme las cosas empeoran y si me levanto, la vida me da vueltas...
De verdad que no sé qué hacer. Tal vez un medicamento me permita, al menos, terminar con un poco de dignidad el día. Necesito escribir una historia y no puedo permitir que me bloquee un simple dolor de cabeza que se ha enamorado de mis neuronas y se rehúsa a que los separe. Pues ni que fueran Romeo y Julieta.
Pensé que salir a despejarme ayudaría, pero, una vez al aire libre, el sol me pegó de manera tan directa que el dolor se disparó incrementándose hasta provocar que la opresión se instalara de manera permanente en el centro de mi frente y se trasladara a través de todas las estaciones nerviosas de mi cuerpo.
Creo que si el medicamento no funciona, me la cortaré. Claro, el inconveniente de esta medida es que ignoro si, una vez separada de mi cuerpo, mi mente funcione y temo que el resultado será el mismo: no podré tener esa historia escrita de manera coherente.
Pero bueno, en lo que la guillotina es preparada, intentaré el Tylenol. Dos pastillas, veré si así...

Los colores del prisma



Conceder

- Señorita, ya vamos a cerrar.
La voz del guardia del museo se entrelaza con mis pensamientos. No le presto atención. Mi mirada continúa perdida en la estatua frente a mí. En ella se representa a una mujer sometida, Proserpina, por Plutón, Dios de los infiernos. Una imagen que muestra el calvario de una decisión obligada. De un purgatorio perpetuo. Él, llevado por el deseo, la somete. ¿Qué importancia puede tener una súplica? Ninguna. Ella intenta liberarse de sus brazos, pero él es más fuerte. Su destino parece ser doblegar el cuerpo mientras su alma se opone a diluirse. Y tal vez ese espíritu logre continuar por algún tiempo; hasta que llegue el día en que sólo sea, el fantasma de un hubiera.
-Señorita, ya vamos a cerrar-, repite el guardia.
Con la cabeza baja, obedezco. Al salir del museo, la historia labrada en la estatua dirige mis pensamientos y los lleva a transitar por el valle desierto de la esperanza.


_______________________


Vínculo

- Señorita, ya vamos a cerrar.
La voz del guardia del museo se entrelaza con mis pensamientos. Le sonrió, pero lo ignoro. Mis ojos continúan cautivos en la estatua frente a mí. En ella se muestra a Plutón sujetando con firmeza a Proserpina. Él, con la mirada clavada en una obstinada idea. Ella, agitando sus brazos en un intento por liberarse. Y mientras mi mirada se pierde en los detalles, mi mente no abandona la idea de que en el fondo lo que se muestra no es una pesadilla. Es sólo el principio de la encrucijada. Un símbolo de un irresistible significado: el preludio de la primavera. Una estación sumergida para siempre entre la decadencia del otoño y el desapego del invierno, pero renaciente cada año. Promesa de una fecha pactada. Fértil en cantares, bordeada de colores y entretejida de esperanzas.
- Señorita, ya vamos a cerrar-, repite el guardia.
Con una ilusión que complementa mi mirada, le obedezco. Y al salir del museo, aún resplandece el recuerdo del inherente magnetismo de la estatua.

Entre sueños



¿Sabes? Anoche soñé contigo. Soñé que caminábamos tomados de la mano por un parque; no, no sé bien en dónde era. Estaba el perro ése, el de orejas cansadas, ¿lo recuerdas?, el que venía y jugaba a tu lado… bueno, con ése soñé, pero déjame continuar, estábamos los dos sentados debajo de un árbol muy grande, como ése que está cerca de tu casa, sí, sí, el que tapa tu ventana, ése… bueno, pues ahí estábamos, yo, hablaba y hablaba… sí, raro, ¿verdad?, bueno, pues el caso es que no me callaba hasta que me daba cuenta que tú no habías abierto la boca… no tan raro, ¿verdad?, pues sí, cuando me di cuenta que no hablabas, volteé a verte y tú sólo me mirabas, tus ojos estaban medio cerrados, eran de un color miel tan claro que hasta los brazos se me derretían, sí, sí, se me derretían y no te rías… bueno, pues el caso es que levantabas tu mano y rozabas mi cachete, suave, muy suave, era casi una caricia… sí, casi, porque sólo me rozabas. Después, y aquí no vayas a reírte, ¿eh?, después, despacito, despacito, acercabas mi cara a la tuya y tus ojos besaban mi boca antes que tus labios… te dije que no te rieras… claro, esa frase no es mía, la leí en algún lado, pero te juro que así fue, igualito. ¿Qué pasó después?, pues nada, sólo que fue el beso más maravilloso que me hubieran dado, ¿qué tenía de maravilloso?, pues cómo voy a saberlo, no lo sé, pero cuando me lo diste me puse chinita… la piel no seas tonto, no te digo, por eso no me gusta contarte nada y ya no te voy a decir el final… no, no, ya no te lo voy a contar. Bueno, bueno, te cuento, después de que me besabas, te me quedabas viendo mucho rato, sin decirme nada y yo, claro, de la impresión, pues no te decía nada tampoco, me quedé sin palabras… sí, yo, sin palabras, chistoso. Y bueno eso fue todo, ¿Que qué hacíamos después?, bueno, nada, sólo me abrazabas y así nos quedábamos toda la tarde… sí, sí, toda la tarde, yo me recargaba en tu pecho y tu me abrazabas… bueno, sí, ya sé que tenemos que colgar, está bien… oye, mañana hablamos, ¿quieres? Sí, yo también ya me voy a dormir, adiós… oye… no nada, bueno sí, ¿vas a venir a verme? Te extraño y me gusta verte. Bueno, ya tengo que colgar que la enfermera no me quita la vista de encima, ya me dio mi pastilla, sí, ésa que hace que sienta la cabeza como ladrillo y me despierte hasta que el sol me da en la cara… pues dicen que ya estoy mejor y que ya no volverán a visitarme mis amigos, sí, los que te conté y que dicen que sólo yo veo. ¿Sabes?, ellos también me hablan como tú, aunque ellos no me abrazan… bueno, ahora sí ya hay que colgar, sí, adiós… oye…

Ana, Ana, ya dame la bocina… No, no, déjame otro ratito, él no ha colgado y sólo quiero decirle otra cosa más… Ana, suelta la bocina, por favor… No… Dámela, Ana. Así, gracias, ¿ves? No hay nadie en la línea, Ana. Este teléfono tiene mucho tiempo sin funcionar…

Hoy me acordé de ella...


"No es cierto que todo tiempo pasado fue mejor. Lo que pasaba era que los que estaban peor todavía no se habían dado cuenta." Mafalda por Quino.

Sin duda, éste es el personaje que me enseñó acerca de la chulada de reflexionar acerca del mundo que nos rodea y de lo válido de externar una que otra opinión.