Rabia sin entusiasmo



La depresión es rabia sin entusiasmo
Steven Wright


Cumpliendo una promesa: para Hermes.


Leí en algún lado que el proceso creativo está, de alguna forma, muy ligado a la depresión/tristeza; esto, porque no hay manera más elegante de definir esa sensación que con el uso de metáforas. Te sientes triste y, ¿qué puedes decir que te duele? ¿Qué parte de tu cuerpo sufre? El dolor recorre cada rincón, desde el más fino cabello hasta llegar a la uña del dedo meñique. Pero, a ciencia cierta, no podemos definir exactamente dónde empieza y en qué parte termina. Simplemente, nos duele todo.

He visto este sentimiento manifestado de diversas formas:

En literatura:

Cristina Rivera Garza, “Nadie me verá llorar”: “Fuera, desierto: dentro. La diferencia es nula”

Haruki Murakami, “Sputnik, mi amor”: “Por profunda y fatal que sea la pérdida, por importante que sea lo que nos han arrancado de las manos, aunque nos hayamos convertido en alguien completamente distinto y sólo conservemos, de lo que antes éramos, una fina capa de piel, a pesar de todo, podemos continuar viviendo, así, en silencio”.

Banana Yoshimoto, “Kitchen”: "¿Cuántas veces habré recibido un amanecer helado, en el que abría los ojos confusa sintiendo una tristeza que casi me hacía vomitar, dando vueltas en la cama, cubierta siempre de un sudor frío?”


En música:

When the day is long and the night, the night is yours alone,
When you´re sure you´ve had enough of this life, well hang on.
Don´t let yourself go, everybody cries and everybody hurts sometimes.

REM, “Everybody hurts”

La verdad es que no se debe permitir que ese momento de tristeza se extienda demasiado. Nada lo vale. Por muy pesimistas que seamos, siempre es mejor reír.



Hermes, don´t take long and fade back to color…

Imaginando



Algunas noches me pregunto:

Si únicamente existiera este mundo, ¿de qué serviría imaginar?

En esas ocasiones, este blog se convierte en un “Mundo B”… en algo más que sólo mi imaginación.



Music video Just My Imagination video

Inquietud


La cama, colocada en la base misma de la ventana, lo recibe por las noches. Su cabello, que tranquilo reposa, se ve alterado por el travieso aire que lo toca; esa brisa que, inquieta, avanza y acaricia sus ojos, su nariz y se detiene en sus labios. Reposa un momento. Lo suficiente para que ella alce la mano e intente atrapar el beso. Pero sus dedos no encuentran nada. La ráfaga ha huido para convertirse en el ladrón que recorre su cuello y le roba el suspiro. Descansa un instante y avanza. Acaricia sus brazos, su espalda y juega en su vientre. Reconociéndola. Sin detenerse nunca más de lo necesario. Sin dejarla atraparlo. Antes de partir, regresa para posarse por última vez en sus labios; ésta vez ella despierta y alcanza a verlo ondear la cortina, atravesar la ventana y alejarse de ahí.

Reserva



Detesto ir a los entierros.
Un montón de caras a mi alrededor y de todos esos mirones, menos de la mitad siente algo por el difunto.
Mi marido se está arreglando y espera que lo acompañe. No me lo ha dicho, pero he notado como voltea continuamente al espejo que está colocado a un lado del sillón en el que me encuentro. No entiendo cómo puede ser tan imprudente y pensar que iré, cuando hace tan poco tiempo era yo la que estaba en cama.
No quiero ir, así que haré un último intento para persuadirlo. Me detengo a su lado y se lo pido al oído, él hace como que no me escucha; no sería la primera vez. Tendré que acompañarlo. De nuevo voltea en mi dirección y suspira.
Lo alcanzo en el corredor y camino haciéndole sombra. En el trayecto hacia el panteón no me dirige la palabra, su mirada se pierde en algún punto más allá del cristal; me contento con sentarme a su lado sin hablar, ¿qué caso puede tener?
Al llegar, nos unimos a la procesión que acudió a dar el último adiós; mi marido se coloca en primera fila, observo los rostros y más de uno me resulta familiar. Trato de entablar conversación con ellos pero todos parecen sumergidos en la tristeza y no me atrevo más que a emitir un leve “hola” a una amiga que reconozco.
Me siento junto a mi esposo y él comienza a sollozar, alargo el brazo para tranquilizarlo y mi mano atraviesa su hombro. Observo mi cuerpo translúcido y, helada, lo veo levantarse y aventar una rosa sobre mi tumba.

Cosas perdidas


"Cerré los ojos he intenté recordar el mayor número de cosas bellas perdidas. Intenté retenerlas en mi mano. Aunque sólo fuera un instante."


Haruki Murakami
Sputnik, mi amor pp.243


A ti que has estado presente en cada pétalo deshojado, en cada instante.
A ti, que has sido partícipe de las cosas que se han ido diluyendo en mis días,
a ti, que sin saberlo, con un pequeño comentario, has engrandecido mis minutos,
a ti que formas parte de la fuerza que me permite sonreír sin importar el peso de las nubes,
a ti, que en este inventario de cosas perdidas, has logrado que no lo extravíe todo,
A ti...
A cada uno de ustedes...
Gracias.
Alisma

P.d. Y, ¡claro!, esto no es una despedida, es un mero agradecimiento...

Olvido


Busqué en el archivero, el bote de la basura, debajo del escritorio, en la oficina de mi jefe, en la sala de juntas, en la de conferencias, en los baños, en la cafetería, en los pasillos, en el área de embarques, de producción, en el departamento de calidad, en recursos humanos, en los lockers; llegué al estacionamiento, busqué en mi carro y, al no encontrarla, mis nervios se acrecentaron; sin pensarlo, saqué las llaves, encendí el motor, cerré la puerta, tomé el volante, arranqué, huí de la empresa y, al llegar al semáforo que marca el inicio de la carretera, recordé que ese día, precisamente, la concentración tenía vacaciones.

Estoy pintando tu sonrisa


Hoy he tenido un reencuentro con canciones memorables, profundas (aunque si analizo la letra de pronto me pregunto: ¿qué diantres era lo que escuchaba?); esas canciones de los 80`s que ya no se escuchan; con ellas me dormía, despertaba, estudiaba (¿?) y, sobretodo, pasaba las mejores (hasta ese momento) horas de mi vida.

Me encerraba en mi cuarto, apagaba la luz, ponía el cassette (sí, en ese entonces ni se soñaba con los Cd`s, así que de sobra está mencionar que conceptos como iPods, MP3 y similares, eran cosa de ciencia ficción. Y era cassette lo que escuchaba, ya no LP -disco de larga duración para aquél que no sepa de lo que habla esta cavernícola-, porque para ese entonces ya nos estaba acariciando la modernidad) y a disfrutar de la música.

Todas las canciones a las que me refiero son de un solo grupo: Hombres G.

Era una banda española ("banda") compuesta por cuatro integrantes: David Summers, Rafael Gutiérrez, Daniel Mezquita y Francisco Javier. Sus canciones marcaron a toda una generación y causaron estragos en México, comparables, aunque a menor escala, a lo que supongo fueron los Beatles en su tiempo. Recuerdo que en mi ciudad, el estreno de su película "Sufre mamón" (profundísimo tema de una de sus canciones), generó una locura tal, que la puerta vidrio de la entrada del cine en donde se realizó la premier, se rompió ante la presión de la eufórica chamacada que ansiaba entrar a ver la función. Una vez en la sala, no sólo las butacas estaban totalmente ocupadas, incluso en los pasillos no había un solo espacio libre; al dar inicio la película, el teatro -cine- se cimbró con frenéticos gritos, tal parecía que estábamos en pleno concierto con el grupo tocando en vivo. Un fenómeno. Toda una experiencia. Y no exagero.

En Mayo de 1992 el grupo lanza a manera de "adiós" el disco Historia de un bikini.

Ellos se desintegraron, pero este día he revivido las historias que comenzaron en un bar repleto de chicas cocodrilo, con ansias de soltarse el pelo y preparando un viaje a Nassau.